Hay noches en Catacaos que se quedan grabadas no solo en la memoria, sino en el alma. Recuerdo perfectamente ese encuentro en la Plaza de Armas con el poeta Lelis Rebolledo. Yo andaba en mi “vochito”, aquel escarabajo que pinté de negro mate con apenas 6 latas de spray y muchas ganas. Era mi fiel compañero de rutas.

Lelis, con esa visión que solo tienen los poetas, me lanzó el reto: “¡Vamos a Casarana!”. Y allá fuimos. La luna, los cocoteros y ese silencio profundo de nuestra tierra tallán nos regalaron postales inolvidables. Luego, al pasar por la capilla del Señor del Chocán en Montesullon, la noche nos confrontó con una realidad compleja: un conflicto por la propiedad de esas tierras. Entre risas, porque Lelis no perdía el humor —“¡Oye, oye, tómame una foto al lado de ‘tachuela’!”, me decía señalando a mi escarabajo—, terminamos de entender que nuestra región está llena de contrastes. Una foto que se volvió mítica.

Más allá de la foto, una responsabilidad pendiente Esta anécdota no es solo nostalgia. Es un recordatorio de que los paisajes más bellos de nuestra tierra suelen ser también los más vulnerables. El conflicto por tierras que vimos en la capilla no es un hecho aislado; es la dolencia de un Catacaos que necesita orden, justicia y una gestión que no le dé la espalda a sus zonas rurales.
No se trata de lamentar el abandono, se trata de gestionar el futuro:
- Gestión de conflictos territoriales: Un gobernante no puede ser un espectador ante los conflictos por tierras. Se establecen mesas de diálogo técnico y legal que garanticen la seguridad jurídica para nuestras comunidades y patrimonio religioso, etnico, cultural.
- Valoración del patrimonio rural: Lugares como Casarana y nuestras capillas históricas deben ser el eje de un turismo cultural ordenado, no espacios olvidados al azar de disputas legales.
- Ordenamiento con visión de futuro: Así como cuidamos nuestro entorno, debemos cuidar los recursos de nuestra gente. Se tiene que ordenar la casa para que el progreso llegue a cada rincón, desde el centro hasta el último caserío.
Para administrar Catacaos, se requiere un copiloto que conozca el camino y un conductor que no tenga miedo a tomar el volante. Seguimos recorriendo, escuchando y, sobre todo, proyectando el Catacaos que merecemos para el 2030.


¡Un fuerte abrazo a todos!
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