Del Colegio Fe y Alegría a la Trinchera del Fenómeno El Niño: Cómo Nació la Red que Movilizó a Cientos de Profesionales de la Salud

Mogrovejo puente aereo 2017 ayuda a Catacaos

Todo comenzó mucho antes de las grandes crisis, en las aulas del colegio Fe y Alegría N° 17 de Villa El Salvador (VES). Allí intervenimos nutricionalmente a los alumnos de tercero, cuarto y quinto de secundaria. La estrategia inicial no fue fría ni clínica; fue educativa y cercana con los padres de familia, a quienes reuníamos una vez por semana organizados por sectores —muchos de ellos con dinámicas familiares complejas o separados—.

Poco a poco, esa semilla dio frutos: pasamos de las charlas y la educación preventiva a tomar presiones, realizar triajes y, finalmente, consultas médicas. Para cuando terminó el año, ya estábamos organizando auténticas campañas de salud integral en diferentes zonas de VES.

Esa experiencia me demostró el poder de la organización comunitaria. Por esos años, Facebook recién tomaba fuerza, así que decidí crear un grupo digital. Creció tanto que pronto atrajo a estudiantes de otras universidades. La regla de oro era la horizontalidad y la jerarquía formativa: los alumnos de primer año asistían y aprendían escuchando a los de segundo, y así sucesivamente, homogeneizando la formación para estar listos y operativos en el terreno.

Como en todo grupo universitario también surgían debates íntimos y profesionales diversos, decidí expandir el horizonte y fundé el espacio que hoy sigue vigente: Estudiantes y Profesionales de las Ciencias de la Salud. El proyecto mutó y se enriqueció; ya no eran solo futuros médicos, sino también nutricionistas, psicólogos, odontólogos y estudiantes de diversas latitudes, incluso fuera del país.

La Prueba de Fuego: El Niño Costero de 2017

El tiempo pasó, muchos colegas se graduaron, y de pronto llegó el 2017. Las imágenes en Lima eran desoladoras: los ríos se desbordaron, los huaycos arrasaron carreteras, las poblaciones quedaron incomunicadas y escaseaban los alimentos y la atención.

Sentí que era el momento de activar la red. Lancé un llamado a través del grupo pidiendo voluntarios dispuestos a ir a las zonas de emergencia. La respuesta fue abrumadora: se registró gente de todo el país. Esta vez cambié la estrategia: los agrupé por zonas geográficas y no por universidades, y cada célula se conectaba con el punto crítico más cercano. Yo coordinaba directamente con un líder en cada sector de Lima y con los mandos generales para conseguir salvoconductos y autorizaciones que permitieran el paso de nuestros buses. Algunos voluntarios se movilizaban en autos particulares, otros consiguieron buses, pero el denominador común era una entrega absoluta.

Logramos realizar más de 62 campañas médicas en Lima durante semanas de coordinación intensa, sin descanso. En ese trajín, el Colegio Médico del Perú (CMP) jugó un rol fundamental. Los estudiantes de nuestra red en regiones —como San Martín, Tarapoto y Pucallpa— recolectaron toneladas de donaciones y se pusieron en contacto conmigo a través del Dr. Juan Astuvilca Cupé, por entonces secretario del CMP. La logística del colegio sirvió para centralizar todo en su local de Armendáriz, al punto de que se llenó un aula entera de víveres e insumos.

Para afinar la respuesta, organizamos una capacitación de brigadas de emergencia en el auditorio de la Av. 28 de Julio. ¿La entrada? Un kilo de cualquier vívere. Fue un éxito rotundo, y la inolvidable clase magistral sobre medicina de desastres que dictó el Dr. Mercado se llevó un 20 indiscutible.

Hacia el Norte: El Llamado de Catacaos

Tras la vorágine de esas 62 campañas, me senté un instante a respirar. En eso, la voz matutina de Federico Salazar en la televisión anunció lo impensable: el río Piura se había desbordado, y Catacaos era uno de los puntos más devastados.

Me eyecté como un resorte. Escribí de inmediato al grupo de brigadistas y, en minutos, 16 voluntarios estábamos listos para partir al norte. Yo ya mantenía canales de comunicación directos con el COEN (Centro de Operaciones de Emergencia Nacional) —coordinando en Lima con la Dra. Patricia Maza— y en Piura con el Dr. Hugo Vignolo.

Para mí, ir a Catacaos no era solo una misión profesional; era un deber de honor con mi tierra y con mi gente. Sin embargo, en el camino las trabas burocráticas y los egos empezaron a asomar.

Tras pernoctar en la base aérea (no recuerdo con exactitud si fue el Grupo Aéreo N° 8 o N° 10, cerca al aeropuerto), ocurrió un episodio que pinta de cuerpo entero la mezquindad política. La entonces ministra de Salud, Patricia García Funegra —con quien años atrás ya había cruzado correos y colaborado en proyectos de investigación junto al Dr. Miguel Santillana Cantella— pasó frente a mí. Me acerqué a saludarla con cordialidad, pero ella me negó el saludo con soberbia y soltó un seco «no te conozco», flanqueada por unos quince reporteros.

El militar de la puerta ya me había advertido que la doctora acostumbraba a seleccionar «a dedo» quién subía o no a las misiones de ayuda. Y así fue: comenzó a señalar a mi gente uno por uno: «tú sí, tú no».

Cuando terminó, la miré a los ojos y le dije con firmeza que las cosas no funcionaban así: el equipo entraba completo o no entraba nadie. Ya venía molesto por el desaire personal, y su actitud terminó por colmar el vaso. Dio media vuelta y se marchó con su séquito de cámaras rumbo a Piura, dejándonos varados.

El Puente Aéreo y la Intervención del Ministro

No nos íbamos a rendir. Llamamos al COEN y nos informaron que en una hora llegaría un Fokker procedente de Pucallpa con destino a Piura, cargado con más ayuda humanitaria.

Esperamos pacientemente. El avión aterrizó, embarcaron los víveres, pero el oficial a cargo de la seguridad nos bloqueó el paso y nos prohibió el embarque. Era nuestro segundo día de espera y el tercer vuelo que pasaba. El ánimo comenzó a flaquear; cuatro de los nuestros decidieron dar un paso al costado. Nos quedamos 12 firmes.

En ese momento crítico, tomé el teléfono y llamé al Dr. Hugo Vignolo en el COER. Le expliqué la situación exacta de lo que ocurría en la losa. Su respuesta fue inmediata:

—«Aquí está el Dr. Jorge Nieto Montesinos, Ministro de Defensa. Pásame con el oficial que no los deja subir»— me indicó.

Le puse el teléfono al militar. El oficial intentó esquivar el bulto, pero ya era tarde: el altavoz estaba activado y la autoridad máxima ya había escuchado todo. El ministro no titubeó: —«Esos señores van a ayudar y son médicos necesarios en Piura, ¿y usted no los deja abordar? ¿Cómo se llama? ¡Si esos señores no se embarcan hoy mismo, se va a su pase a retiro inmediato!»

Luego, el ministro me preguntó directamente cuántos éramos. Iba a contestar que doce, cuando dos compañeros me hicieron señas levantando las manos. —«¡14, señor ministro!»— le respondí. —«Ok, 14. Embárquelos en el grupo de la policía»— sentenció. Las otras dos personas fueron Carlos Huallpa (Bombero Naval) y Gabriel Chuquicusma Pacheco (salvataje, natural de Catacaos) hasta ahora todos grandes amigos

Y así, la burocracia se quebró. Nos trasladaron raudamente en un bus —con un patrullero abriendo camino— hacia otra aeronave que ya se llenaba de policías con polo amarillo y truza naranja rumbo a la zona de desastre. Fue un verdadero salvataje logístico.

Durante el vuelo, una breve entrevista con el ministro Pandolfi marcó el tono del viaje. Al despegar, mientras los policías cantaban y nosotros intentábamos asimilar la hazaña, yo no podía creer que habíamos logrado abrir ese puente aéreo humanitario directo hacia Catacaos.

La Realidad en el Terreno

Aterrizamos en medio de la penumbra. Con la ayuda de mi hermana, que nos alcanzó en su camioneta sorteando caminos imposibles, logramos llegar de noche a la zona del Krispy Kay.

Esa misma tarde, un dato amargo contrastaba con nuestra vocación de servicio: nos informaron que la comitiva ministerial había llegado a la posta médica cercana al Grupo Aéreo N° 7 cargando cajas de frugos Pulpin, galletas y atunes para la foto oficial. Lo indignante no fue la entrega, sino la manipulación: tras el flash de las cámaras, las cajas se retiraban y solo se permitía entregar una sola unidad por persona. Una muestra clásica de viveza política y publicidad engañosa en plena tragedia.

Al día siguiente, nos pusimos el overol y comenzamos las campañas médicas reales, a pie de barro y junto a los vecinos. Cada intervención dejó una marca imborrable, una historia distinta de resistencia y solidaridad que merece ser contada. Y esa es otra historia que, sin duda, seguiré compartiendo.

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